Las máscaras y cómo nos relacionamos con los demás

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La pandemia nos volvió más sensibles al hecho de que todos podemos dañar a los demás con nuestros gérmenes, con nuestras palabras, con nuestros actos.

Al principio nos dijeron no usar máscaras. Dijeron que las máscaras no protegían demasiado para no contagiarse del virus, quizás sólo evitaban que lo transmitiéramos. Dijeron que las máscaras y el resto del equipo de protección debía conservarse para aquellos que estaban en las líneas de batalla. Dijeron que las máscaras podían ser peligrosas por crear una falsa sensación de seguridad que podía llevar a la gente a descuidar otras medidas de protección más efectivas.

Pero entonces, lentamente, las recomendaciones cambiaron: había que usar máscara, no por ti mismo, sino para proteger a los demás, por las dudas que tuvieras el virus sin saberlo, para que en ese caso no lo transmitieras a otro para quien pudiera ser peligroso. No te preocupes por usar equipamiento valioso: puedes hacer una máscara en tu casa o simplemente atar una bandana sobre tu boca y tu nariz. Haz lo que puedas, incluso si no es perfecto, porque todos estamos en esto juntos.

Este cambio de perspectiva sobre las máscaras hace eco de un tema más amplio respecto a cómo nos relacionamos con los demás.

Hay otras formas en las cuales una persona puede afectar (o metafóricamente infectar) a otra, cada vez que interactúan, tanto cuando están físicamente cerca o alejados.

Una boca puede abrirse y dejar salir partículas dañinas que no tienen nada que ver con enfermedades físicas.

La pregunta es: ¿qué lado del daño potencial nos preocupa?

¿Sólo nos preocupa protegernos a nosotros mismos de lo que otros pueden llegar a hacernos?

¿Sólo vale la pena poner barreras protectoras si eso nos va a salvar a nosotros de lo que ellos pueden llegar a hacer?

¿O pensamos cómo podemos llegar a dañar a los demás cuando abrimos nuestra boca con sentimientos no considerados o con observaciones desagradables?

¿Acaso tenemos consciencia de nuestro propio potencial para dañar a los demás?

Poco después de que todo se cerrara en mi área, salí a caminar con mi familia y pasamos cerca de los hijos de unos vecinos que estaban en su propio patio, pero bastante cerca de la acera. Yo me puse nerviosa por su cercanía y consideré decirles a mis hijos que cruzáramos a la vereda del frente, pero no pude hacerlo. Cruzar la calle para evitar a alguien siempre me pareció una actitud muy ruda. Aunque yo tenía mis razones, sentí que actuar de esa forma implicaría que pensábamos que ellos eran sucios, que nosotros éramos mejores, que teníamos que cruzar la calle para evitar acercarnos demasiado a ellos.

Por supuesto, teníamos un poco de miedo no de que ellos estuvieran sucios, pero que tuvieran gérmenes. Y dado que estaban tan cerca de la vereda, quizás realmente debería haber cruzado la calle para protegerme a mí y a mis hijos de un daño potencial.

En otra caminata, algunos días más tarde, pasamos por la casa de otro vecino. Esta vez estaba un poco mejor preparada, y cuando nos acercábamos les recordé a mis hijos que por ahora se suponía que debíamos tratar de mantenernos alejados de otras personas. Les pregunté si podían pensar en formas de evitar a la agradable señora que estaba en la vereda sin parecer rudos. Al parecer, no era necesario que nos preocupáramos, porque cuando ella nos vio de inmediato se alejó unos cuantos metros hacia el césped.

Porque nosotros no estábamos evitándola a ella, ella nos evitaba a nosotros. Yo lo había olvidado.

Es natural pensar principalmente en protegernos a nosotros de los demás, pero no tanto en proteger a los demás de nosotros. Nos consideramos a nosotros mismos benignos; no tenemos intención de hacer ningún daño; no pensamos en el daño que podemos dispersar sin darnos cuenta, sólo al abrir nuestra boca.

Pero con los meses de esta pandemia quizás nos volvimos más sensibles al hecho de que todos podemos dañar a los demás con nuestros gérmenes, con nuestras palabras, con nuestros actos, tengamos o no la intención de hacerlo. Puede que seamos asintomáticos; no sabemos el daño que podemos causar. El potencial siempre está presente.

Un día, espero que muy pronto, todo esto habrá terminado. Podremos regresar a la vida normal (me niego a llamar a esta realidad «la nueva normalidad» o nada que se asemeje a «normal») y recordaremos cómo interactuar con los demás sin sospechas indebidas, sin asumir que ellos pueden llegar a dañarnos de alguna manera y que tenemos que mantener la distancia. Al mismo tiempo, espero que mantengamos esta nueva sensibilidad respecto a nuestro potencial para dañar a los demás.

Al comenzar el mes de Elul y acercarnos a Rosh Hashaná y Iom Kipur, este es un momento maravilloso para pensar sobre estas sensibilidades en un sentido amplio, aplicar las lecciones de la pandemia a aspectos de nuestras relaciones que no tienen nada que ver con gérmenes pero que pueden ser devastadores de otras formas.

Quizás aprenderemos un poco más a dar el beneficio de la duda, tal como aprendimos que cruzar la calle para evitar a alguien puede ser un acto de cortesía y respecto y no el insulto que parece implicar.

Quizás recordaremos que una sonrisa amigable o una palabra amable puede hacer maravillas para proteger a otra persona de un insulto no intencionado, incluso si claramente cruzamos la calle para evitarla.

Y, tal vez, podremos pensar con más profundidad sobre las maneras en que podemos herir u ofender a otros, consciente o inconscientemente, intencionalmente o no. Tomemos consciencia de las complejas maneras en que podemos dañar a los demás y hagamos un esfuerzo para protegerlos tanto como nos protegernos a nosotros mismos.

Sarah Rudolph

Artículo original de AishLatino.com.
Fotografía de Johannes Krupinski.